La ciudad de Cali, epicentro de una de las tragedias más devastadoras en la historia reciente de Colombia, se enfrenta a una dolorosa realidad. Entre los escombros y el caos, la figura de Kelly Díaz, psicóloga de profesión, emerge como un símbolo de resiliencia y compromiso. Su cuerpo, asegura, funciona en estado de alerta, impulsado por la convicción de que la vida debe prevalecer, incluso después de presenciar la muerte de la mejor amiga de su hija en sus propios brazos. La tragedia golpeó el colegio Nuevo Edén, en el sur de la ciudad, un pequeño reducto que se convirtió en el mudo testigo de la furia del terremoto, dejando a una niña de 10 años y una maestra sin vida, mientras otros niños luchan por sobrevivir con lesiones graves.
El relato de Kelly Díaz es desgarrador. Tras dejar a su hija en el colegio el lunes por la mañana, un sismo inusual y de creciente intensidad la hizo correr de regreso. Lo que encontró fue un escenario desolador: el colegio colapsado, y entre los escombros, dos personas yacían en el suelo. Una era la mejor amiga de su hija; la otra, la docente de la clase. Con su entrenamiento en primeros auxilios, Kelly se lanzó a la acción, primero revisando a su hija, luego a otros alumnos, y finalmente acercándose a la niña gravemente herida. “Había un charco de sangre. Tenía lesiones en el cerebro”, recuerda Díaz, quien intentó reanimarla mientras la ayuda profesional tardaba en llegar, una cruel realidad en las primeras horas de la catástrofe que dejó a pequeñas comunidades a su suerte.
Solidaridad en Medio de la Catástrofe: El Rol de los Voluntarios
La magnitud del desastre en Cali es abrumadora. Según el alcalde Alejandro Éder, los reportes iniciales hablan de 74 fallecidos y 150 desaparecidos, con más de 50 estructuras colapsadas. A nivel nacional, la cifra de muertos supera los 265. En este panorama de destrucción, la labor de voluntarios como Kelly Díaz se vuelve vital. Ella misma subraya la importancia de la ayuda ciudadana, especialmente en lugares como el colegio de su hija, edificios aislados que no atraen la atención inmediata de los medios o los equipos de rescate. “Es en esos lugares donde no llegan ni medios ni equipos de rescate, los más pequeños, los que de verdad dan dimensión de todo el dolor que sufrimos”, enfatiza la psicóloga. Día y noche, entre el silencio de los escombros, los voluntarios se esfuerzan por escuchar el más mínimo signo de vida, como en el caso de Martín, un niño atrapado junto a su madre y abuela, cuya posible supervivencia se convierte en un faro de esperanza.
La memoria de la pequeña fallecida sigue viva en el recuerdo de Kelly, quien canaliza su dolor en una incesante búsqueda de vida. El lunes, la inacción forzada ante la falta de ambulancias los obligó a ellos, los voluntarios, a atender a los heridos y, finalmente, a “levantar los cuerpos”. “No éramos prioridad porque era una comunidad pequeña. Son noticias que no salen en medios”, lamenta Kelly, reflejando la invisibilidad de ciertas tragedias. Su participación activa en las labores de rescate, aferrándose a la posibilidad de salvar a Martín, es su manera de expurgar el trauma. Su testimonio no solo narra una tragedia personal, sino que también ilumina la capacidad de la comunidad para movilizarse y asistir en los momentos más oscuros, demostrando que, incluso cuando la ayuda oficial escasea, el espíritu humano de solidaridad se alza entre los escombros.
Con información de: BBC Mundo.

