mar. Nov 19th, 2019

Del Estado fallido al Estado rendido

Este viernes, el sol no le calienta al gobierno. La capital de Sinaloa estuvo bajo fuego siete horas, largas, que provocaron caos, miedo y crisis de pánico entre la población y un vacío enorme de información.

La cacareada “estrategia de pacificación”, la de abrazos, no balazos, sucumbió en Culiacán. Lo que queda de las fuerzas armadas del otrora dominante Cártel del Pacífico ganaron la batalla, humillaron a los cuerpos federales y estatales que mostraron debilidad inédita y pusieron en ridículo al presidente de la República, Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas.

En materia de seguridad, la “Cuarta Transformación” quedó exhibida como transformación de cuarta, sometida y doblegada ante el poder de fuego de comandos armados hasta los dientes, que se “la rajaron” en las cercanías del fraccionamiento “Tres Ríos”, para liberar al “El Chapito”, Ovidio Guzmán López, hijo de “El Chapo” Guzmán, luego de haberlo ubicado y detenido, dizque casualmente, dentro de una vivienda de la colonia.

Ovidio Guzmán López es reclamado por la justicia estadunidense por conspiración para distribuir droga.

El hijo de El Chapo fue liberado a cambio de que las fuerzas de sus sicarios no atacaran a esposas, madres, amantes, hijos, hermanos, padres, parientes y amigos de soldados destacados en Culiacán, inquilinos de una unidad habitacional colindante con el cuartel dela Novena Zona Militar.

El gobierno fue obligado a negociar de rodillas la paz de Culiacán con las armas de los criminales apuntando a las cabezas de los titulares del Gabinete de Seguridad Nacional.

Escena dramática de una guerra perdida, hasta el momento.

Las autoridades militares optaron por liberar al heredero de “El Chapo” a cambio de proteger vidas inocentes.

Casi de manera simultánea al caos en las calles, parques y avenidas, escaparon 27 reos del penal de Aguaruto; varios internos tienen nexos con el Cártel de “El Chapo” y “El Mayo” Zambada. La fuga pudo ser concertada en el contexto del caos.

Alfonso Durazo Montaño, secretario federal de Seguridad y Protección Ciudadana, casi de rodillas, tuvo que leer–en una tableta electrónica– la claudicación del supremo gobierno ante el poder manifiesto de las fuerzas criminales. Lo hizo “acuerpado” por los secretarios de Marina y Defensa, el comandante de la Guardia Nacional y el titular del Centro Nacional de Inteligencia; se veían tiesos esos invitados de piedra y como que los uniformes militares almidonados les quedaban grandes.

Así cedió el supremo gobierno el monopolio legítimo de la fuerza ante el despliegue de violencia criminal del ejército sicario, en defensa del hijo heredero del peor criminal.

“Haberlo liberado, esgrimiendo que se quería preservar la paz y la seguridad, significa que este gobierno se reconoce impotente y débil para enfrentar una amenaza real a la estabilidad de toda una ciudad y sus habitantes (…) se manda así el peor de los mensajes al mundo: en México el gobierno no puede ni quiere usar legítimamente la fuerza que la ley le concede para garantizar el orden y la prevalencia de la certidumbre y la seguridad de la población” escribe el periodista Salvador García Soto, en el diario El Universal.

¿Qué va a hacer ahora López Obrador con la fallida estrategia pacificadora si precisamente su fallido gabinete de seguridad Nacional se rindió en Culiacán?

De cara al futuro, la respuesta, espanta.

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