mar. Dic 10th, 2019

La guerra de la Cuarta transformación.

Por Octavio Aristeo López

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador está constituido de deseos y miedos, así construye su discurso político lleno de peligros de guerra como un baile de máscaras de rostros que participan con su retórica bélica separado de la práctica.

El asunto es descifrar la máscara de los rostros que hablan en cada acción política llena de resonancia y de símbolos que se entremezclan en la incertidumbre y el comportamiento de los actores políticos que están en guerra.

La Cuarta Transformación es un cruel despertar que abre una realidad desconocida y aterradora para algunos, deja al desnudo lo real oculto en el discurso agresivo porque es una lucha ideológica; que da cuenta de la realidad de México a gusto y modo que deja sin discurso, enmudecidos, a los adversarios políticos que poco a poco están recuperando la palabra que lograran fortalecer cuando empiece a nombrar lo perdido en esta guerra.

Existe un cambio, una ruptura, no pactada que todavía es vaga al construir un supuesto nuevo “régimen político” cuando todavía no termina de nacer lo nuevo y lo viejo no termina de morir; es decir, señala Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”, haciendo su guerra.

Vivimos una crisis en que la opción de orden parece inconcebible, buscar la posibilidad de lo imposible es el reto político de la Cuarta Transformación un ambiente conflictivo, en el que orden y conflicto van juntos en cada espacio, están separados en sus islas de autoridad en una sociedad múltiple y plural.

Por lo mismo, si aspira a una trasformación política profunda en la sociedad, es reformar la política misma, es lo que intenta hacer Andrés Manuel López Obrador: la construcción de un orden democrático sobre un pasado autoritario y teológico que sigue vigente; pero, observamos que más que una transformación es un relevo del antiguo régimen, porque la vida cotidiana se mantiene atada a la religiosidad, y la centralidad política.

Por lo tanto, aparecen en el imaginario público relatos mesiánicos-históricos que ocupa el espacio de la fe, las creencias y las devociones, no para la reflexión ni para la deliberación con sujetos políticos, sino para demostrar que el otro es un pagano, un hereje o un infiel, que hay que eliminar o excluir de las decisiones a los adversarios políticos.

El principal desafío que plante la democracia en México no es un simple cambio de instituciones, porque no basta con modificar las normas, las reglas y los procedimientos, hay que transformar la cultura política de la comunidad perdida.

Ya que los regímenes autoritarios democráticos no solo destruyen los tejidos sociales, también afectan los hilos sensibles del tejido político, que es la confianza; desconfiamos de todos hasta de la Cuarta Transformación, porque seguimos observando que la clase política y las elites gobernantes

ven el presupuesto público un botín de guerra que hay repartir entre ellos, es el caso de la Comisión Nacional de Derechos Humanos; entonces, no se piensa en una democracia ni se puede hablar de ella, de aquí que el miedo se impone al deseo, la fe es más fuerte que la reflexión y el carisma es más importante que las instituciones.

Cuando se intenta realizar cambios estructurales entran en contradicción con la cultura política, se vienen abajo estructuras mentales; es cuando viene la resistencia y no le hacen caso a Andrés Manuel López Obrador sus propios colaboradores, porque no existen códigos interpretativos para conocer estos cambios, ordenar y estructurar la nueva realidad social. Este es el problema de fondo de nuestra cultura política que está acostumbrada: a vivir en guerra.

En una ruptura para lograr el cambio o la transformación es necesario establecer acuerdos políticos, pactos sociales, consenso institucional. Tenemos como ejemplo: el caso español en 1978, en el proceso de la transición democrática luego de la muerte de Francisco Franco (Pactos de la Moncloa, 25 de octubre de 1977), entre el gobierno de España, partidos políticos, asociaciones empresariales y sindicatos, con el fin de consolidar el proceso de transición a la democracia y evitar la guerra.

Es un proceso democrático en el que se desarrollen estrategias de compromisos importantes para establecer el nuevo orden, dar respuestas a una crisis, no solo la crisis económica por la recesión, desempleo, inflación y deuda externa, incluida la crisis de las instituciones democráticas (polarización ideológica, fraccionamiento partidista, conflictos constitucionales, cultura política autoritaria), es la crisis de las identidades colectivas, erosión de lazos de arraigo social y partencia colectiva.

También, está la situación de desorden que ocasiona la crisis moral por los años de violencia y mentiras, la miseria y el miedo; resolver la crisis es la construcción de orden en una refundación de la democracia; es la vinculación de dos objetivos: democratización política y transformación social, en consecuencia, los cambios sociales no pueden ser la imposición unilateral de un actor si pretende ser duradero.

De aquí, que depende el estilo de gobierno que refleje la Cuarta Transformación al mando de Andrés Manuel López Obrador, si se convierte en caudillo militar, nacional populista o de la democracia representativa; por supuesto, esto debilita a la democracia.

Veamos. Como caudillo tienen soluciones cesaristas, busca tener partidos políticos precarios, trata de debilitar las organizaciones políticas y sociales, emplea menos la racionalización de la acción social y técnica, deja a una lado el uso estratégico de los recursos de poder, en lugar de eso, existe una concepción religiosa de la política con fines absolutos y reemplaza la deliberación racional por las creencias.

Ello explica la sobre ideologización de la política y la vitalidad que adquieren las ideologías religiosas; y, que existan en México seis estilos de hacer política que prevalecen en diferentes épocas identificadas con la Cuarta Transformación entrelazadas en cada acción política: liberal, corporativo, clasista, tecnocrático, personalista y militarista.

Por ejemplo, el estilo de gobernar de Andrés Manuel López Obrador es un estilo personalista que fundamenta el estilo militarista porque busca la polarización social, ya que en toda sociedad

dividida las relaciones sociales son conflictivas. Los conflictos devienen en guerra. Esta lógica de guerra no se limita a una situación bélica: produce una sociedad militarizada. Es decir, todo proceso social es percibido como una lucha entre amigos y enemigos, entre el orden y el caos, en tal situación sólo cabe hablar de política en tanto continuación de la guerra que impulsa la Cuarta transformación con sus adversarios políticos.

Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales,

Universidad Nacional Autónoma de México.

[email protected]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *