04/12/2020

La odisea de los cubanos explotados en la Rusia capitalista

Unas rústicas cortinas, hilvanadas de una colcha azul, dan algo de intimidad a Josué Pérez. Tras ese pedazo de tela se han ido disipando los sueños de este joven cubano de cuerpo nudoso: conseguir un trabajo en Moscú, vivir en un pisito compartido con un par de compañeros, mandar dinero a la familia en la Isla. Cuando salió de La Habana en enero, con la promesa de un compatriota de que, previo pago, le ayudaría a establecerse en la capital rusa, no pensó que su futuro era esa litera en un apartamento que comparte con otros nueve cubanos, en una de las colmenas de los suburbios moscovitas. Las esperanzas por las que desembolsó 2.000 dólares se han evaporado; igual que aquel compatriota. La obra en la que empezó a trabajar de manera informal y donde recibía unos cuantos rublos de pascuas a ramos se ha suspendido por el coronavirus. Sin trabajo no hay alojamiento gratis; y el día de pagar la litera se acerca. “Vine a Rusia a buscar una vida mejor y al final me van a tener que mandar dinero de Cuba”, dice, “¡de Cuba!”.

Cada año, unos 25.000 cubanos entran en Rusia como turistas, según datos de la Guardia Fronteriza rusa. Gracias al acuerdo entre Moscú y La Habana, aliados históricos, no necesitan visado y pueden permanecer en el país euroasiático hasta 90 días; solo visitando, sin trabajar. Muchos, como Josué Pérez, llegaron para quedarse. Otros, pagaron entre 5.000 y 7.000 dólares por cabeza a las mafias de tráfico de personas por el billete hasta Moscú y los papeles que en teoría les permitirían seguir hasta España o Italia; documentos que nunca llegan porque Rusia no está en el espacio Schengen y no se puede cruzar a la UE de manera legal. Ahora, con la ciudad confinada y en hibernación económica, la pandemia de coronavirus ha revelado las grietas de estas tramas de inmigración y empleo irregular en los que muchos cubanos terminan explotados a manos de mafias cuyos tentáculos llegan de Moscú a La Habana; y vuelta.

Yunior Castro y Antonio pagaron 1.500 dólares a un intermediario al que ya conocían de oídas por otros cubanos. Ese dinero les daría derecho al billete de ida La Habana-Moscú, alojamiento el primer mes y empleo en la construcción. “Te dicen que las plazas de trabajo se compran y que luego ya vas cobrando mes a mes”, explica Castro, de la Isla de la Juventud, que aterrizó en la capital rusa en diciembre. Allá trabajaba en la lavandería de un resort. En Moscú ha compartido obra con Antonio y sus otros cinco compañeros de piso. Han sido 12 horas al día levantando un edificio de oficinas. Sin librar, aseguran en una de las dos habitaciones, la más amplia, que pese a las camas usan también como sala de estar. “Escogemos Rusia por la facilidad para llegar, sin saber a qué nos exponemos aquí, la vulnerabilidad de no conocer el idioma, las costumbres, la explotación. Ahora lo único que buscamos es un sustento”, se lamenta con las manos en los bolsillos Antonio, hasta hace poco, informático en una fábrica de cerámica blanca de Holguín.

La pauta se repite una y otra vez. Comprar un vuelo a Moscú es más caro desde la isla, así que muchos recurren a algún intermediario que les envía el pasaje desde fuera, y que por algo más de dinero les promete alojamiento, trabajo y resolver los trámites burocráticos. Ese intermediario, generalmente cubano, proporciona mano de obra barata a contratistas informales rusos, armenios, azerbaiyanos o serbios que nutren de personal a obras por toda la capital. Siempre sin contrato, sin seguridad y sin garantía de cobro. Si todo va según lo pactado, el trabajador recibe su salario —que suele rondar el equivalente a unos 300 euros mensuales— de manos del intermediario, que se queda una comisión de lo que ya probablemente es un sueldo mermado.

“Ese sistema se ha utilizado desde hace mucho con ciudadanos de Asia Central, como Kirguistán, Tayikistán o Uzbekistán; ahora enrolan a cubanos porque son más vulnerables, no saben ruso, no conocen el sistema y tienen menos redes de apoyo. Muchos aspiran a quedarse con la esperanza o la promesa vacía de que tarde o temprano se podrán regularizar. Otros, tratan de recabar el dinero que les falta para pagar los supuestos documentos para viajar a Europa; algunos consiguen salir a Serbia y ahí se quedan, esperando”, explica Williams Herrera, abogado ya retirado que presta asistencia jurídica gratuita a algunos compatriotas.

Las autoridades cubanas conocen el problema. El cónsul de Cuba en Moscú, Eduardo Escandell, afirma que en ocasiones han asistido, tratando de localizar ayuda legal, a algunos que decidieron denunciar la explotación laboral. No es frecuente, reconoce Mario Carrazana, consultor jurídico cubano establecido en Rusia. La mayoría tiene miedo a las represalias o a la deportación. Así que callan y se buscan otra cosa. Y vuelta a empezar.

Con Información del País

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *