31/10/2020

“Yo no tenía la fuerza política que tiene el presidente actual”: Felipe Calderón

No tenía el poder para forzar a las empresas a renunciar a sus estrategias legales para contestar al fisco, reconoce el expresidente.

Felipe Calderón Hinojosa está en la promoción de su libro Decisiones Difíciles. La entrevista es telefónica y acordamos enfocarnos en las decisiones económicas de su Presidencia. Temas no faltan, pero nos concentramos en algunos de los más emblemáticos. Las relaciones con empresarios; la quiebra de Mexicana; la tensión entre Presidencia y Hacienda; el toma y da con los gobernadores, incluyendo el caso Moreira; la reforma frustrada de Pemex y el manejo de la crisis del 2009.

—Expresidente, ¿cómo eran sus relaciones con los empresarios?

—“Yo no tenía la fuerza política que tiene el presidente actual. No tenía el poder presidencial para forzar a las empresas a renunciar a sus estrategias legales para contestar al fisco”.

—Hablando de empresarios, ¿cuáles relaciones eran más complicadas?

—Sin duda, las más delicadas eran las relaciones con los propietarios de los medios de comunicación electrónicos y de telecomunicaciones. Con el ingeniero Slim era una relación respetuosa, pero complicada. Las decisiones de la Cofetel eran contestadas con la estrategia jurídica de sus empresas… Todo el tiempo había tensión y yo estaba muy consciente de eso. Hay que recordar que no tenía mayoría en el Congreso. Eso implicaba negociar y llevar con mucho cuidado estas relaciones.

—¿Cómo se decide la quiebra de Mexicana?

Se dice que Mexicana no fue apoyada por el gobierno, eso es falso. Me culpan de la quiebra, pero tuvo apoyo hasta donde se pudo. Con la crisis del 2009, agravada por lo del A1HN1 se vino abajo el turismo. Mexicana empezó a tener graves problemas, sobre todo de liquidez. En 2009, le dimos un crédito de Bancomext de 1,800 millones de pesos, que garantizó con los únicos aviones que tenía, 8 o 9 aviones. Sin esos apoyos, la quiebra se hubiera presentado uno o dos años antes. El año de la quiebra, no había nada que garantizara un préstamo, no había flujos, no había empresa. Apoyarlos hubiera significado un daño patrimonial a las finanzas públicas. La situación se agravó con las exigencias de otros acreedores. En algún momento estaba la idea de Juan Molinar (secretario de SCT) de que Mexicana siguiera con su línea de bajo costo, que era Click y eso le podría dar tiempo de negociar. Todo se precipita cuando Banorte, por su estrategia legal, toma el control de la caja de Mexicana y Click, esto paraliza las actividades y detona la quiebra. Se hizo todo lo que se pudo, mientras se pudo, pero me culpan de la quiebra. Esto me lleva a una frase de Carlos Castillo Peraza “ninguna cosa buena que hagas quedará impune”.

—En su libro hace referencias a la gran discrecionalidad en la toma de decisiones que tenían los altos funcionarios en la Secretaría de Hacienda, ¿cómo lidió con esto?

—Trataba de informarme muy a fondo. De los ingresos, del gasto y del margen de maniobra. Preguntaba a los de Hacienda, pero también hacía el trabajo mi coordinación de asesores, Antonio Vivanco y Fausto Barajas. Establecí mis prioridades con mucha claridad frente a Hacienda. Satisfechas mis prioridades ellos podrían ir por las suyas.

—¿Dónde había la mayor tensión entre Presidencia y Hacienda?

—Había algunas cosas que no estaban alineadas con los propósitos del gobierno federal. Por ejemplo, era prioritario que los gobiernos estatales asumieran un compromiso muy fuerte en materia de seguridad, pero no lo hacían. Dejaban toda la carga en el gobierno federal. Al mismo tiempo, la SHCP les daba muchos apoyos, para pagar aguinaldos, para negociar con los maestros. Nunca los gobiernos estatales recibieron tanto a cambio de tan poco. No encontré la forma de cerrar la pinza a través de Hacienda.

—¿En seis años no encontró la forma?

Con la llegada de Ernesto Cordero y luego con Meade hicimos un mayor esfuerzo para alinear el apoyo que Hacienda daba a los gobiernos estatales con las exigencias a los gobernadores. Desgraciadamente fue demasiado tarde… De los apoyos que les daban a los gobernadores, había ocasiones en los que yo no tenía conocimiento. Eran apoyos muy grandes que ayudaban a Hacienda a sacar adelante sus prioridades presupuestales en las Cámaras, pero que no se alineaban con las prioridades de la Presidencia o de otras áreas del gobierno federal.

—En lo relativo a falta de control de un gobierno estatal, el caso emblemático es Coahuila con Humberto Moreira, ¿por qué salió tan mal?

Siempre hubo mala relación personal. Se actuó contra él, pero pasó una cosa. Cuando concluye la elección presidencial, se dio un traslado del poder al nuevo presidente. Como en la película de Cenicienta, la carroza se convirtió en calabaza y los conductores en ratones… aclaro que algunos, no todos. En contra de Moreira había varios juicios, que tenían que ver con falsificación de documentos y con la deuda de Coahuila. Dos o tres años después, Moreira saca documentos de la PGR, en los cuales la Procuraduría se había desistido de la acción penal. Todos estos oficios son de noviembre de 2018 y los da a conocer López Obrador, porque Moreira se los entregó, diciendo que Calderón lo había perdonado. Yo jamás lo perdoné. Los documentos se produjeron en una PGR que estaba completamente fuera de mi control. Estaba en el dominio del gobierno entrante. Los expedientes fueron diluidos sin conocimiento mío. Muchas decisiones en PGR, quizá en Hacienda, estaban más en manos del equipo de Peña que en mi equipo. En una transición tan larga, de cinco meses, el poder del presidente saliente se diluye a pasos agigantados.

—¿Por qué es tan difícil reformar a Pemex?

En Pemex, hacer cambios de fondo enfrenta una enorme resistencia cultural y política. Existe la idea de que Pemex es como el alma de México. Esta idea se refuerza desde los libros de texto gratuitos… ya dentro de la empresa, la influencia del sindicato es un factor que obstaculiza. Romero Deschamps era además legislador por el PRI y esto lo debíamos considerar porque tenía que ver con otro balance de fuerzas, en el Congreso. Los incentivos dentro de Pemex son perversos. No hay conexión entre los dueños que somos los mexicanos y los que administran la empresa. Prevalecen los intereses de la administración. Siempre es mejor conceder al sindicato una canonjía, que enfrentarlo. Hay veces que cediendo a la exigencia, los administradores se benefician. Los directores retirados de Luz y Fuerza se van con pensiones que fueron arrancadas por el sindicato y que los benefician a ellos. Las pensiones de un ex director de Luz y Fuerza andan por los 400,000 pesos al mes. El sindicato demanda una mejora en eso y el director que dice sí se beneficia de ello. Eso es perverso… De esto me dí cuenta muy tarde.

—A usted le toca enfrentar la crisis del 2009, ¿cómo fue?

—Teníamos reuniones con el gabinete económico varias veces a la semana. También me reunía con Guillermo Ortiz del Banco de México. Teníamos información muy clara de lo que estaba pasando y podíamos tomar decisiones muy pronto. No me gustaban los déficits, pero tomé la decisión de hacer una política de gasto muy agresiva que nos llevó a un déficit de 3 puntos del PIB. Recurrimos a créditos y a los fondos de estabilización. Para cerrar ese déficit, tomamos las utilidades cambiarias del Banco de México. Esto lo operó Agustín Carstens…una cosa curiosa es que cuando él pasó al Banco de México ya no le gustó que Pepe Meade desde Hacienda le solicitara los recursos.

—¿Qué pudo haber hecho diferente?

—Debimos haber incrementado más el gasto social. Ya habíamos hecho un aumento muy importante, de 40,000 millones de pesos. Ernesto Cordero, que era Secretario de Desarrollo Social, me advertía que el golpe al ingreso de la gente iba a ser brutal y que deberíamos incrementar otros 20,000 millones para proteger a los grupos más vulnerables. Hacienda se oponía y, al final, predominó su punto de vista. Con el tiempo, me doy cuenta que debimos haber reforzado el gasto social. Esto hubiera permitido proteger mejor a los más vulnerables. Se hubiera mitigado el incremento de la pobreza, que luego se reflejó en las estadísticas.

Por el Economista

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