28/09/2020

La batalla de Maribel sin medicinas

Es viernes 14 de agosto, 20:30 horas. Maribel, de 13 años, yace en la cama 649 de la clínica 48 del Seguro Social en León, Guanajuato.

Recarga la cabeza en su brazo derecho. A veces le cansan las luces de la ciudad que se ven desde el ventanal de su cuarto. Hace 22 días le diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda, el médico ordenó hospitalización e iniciar tratamiento urgente.

Maribel, recuerda, apenas podía moverse cuando llegó, la tercera semana de julio, al sexto piso destinado a niños y adolescentes enfermos de cáncer. La piel amarilla, los ojos hundidos y sin fuerza.

A los dos días, una doctora confirmó a su mamá la sospecha inicial: leucemia y la urgencia de “abordar” la enfermedad con quimioterapia.

Era 25 de julio el día que Angélica, de 44 años, recibió la noticia: “Tu hija tiene leucemia”. La especialista le explicó la gravedad del padecimiento y describió las etapas del tratamiento de 120 semanas. “No debe interrumpirlo si quiere que Maribel viva”, le dijo.

Angélica y sus cinco hijas viven en Santiago de Cuenda, una comunidad en el municipio de Juventino Rosas. La mujer sostiene a su familia cortando brócoli en campos de Villagrán y logró obtener un permiso de 15 días para cuidar a su hija. La clínica era su casa.

Pero pasaron 21 días entre las cuatro paredes del cuarto escuchando: “No llegaron las medicinas”.

El Seguro Social no tiene dos de los medicamentos para iniciar la primera etapa del tratamiento de Maribel: idarrubicina y dexrazoxane.

La niña sufre dolores de cabeza y fiebre constante. Le administran ketorolaco y pasa horas en agua fría para bajar la temperatura.

El sábado 15, Maribel tuvo un día difícil. El termómetro marcó 39 grados muchas veces. Un médico de guardia le autorizó antibiótico. También ordenó una transfusión; sin embargo, “se hizo noche y la sangre no llegó”, cuenta su tía María Félix, también jornalera y quien ayuda a cuidarla.

Todas las mañanas, madre y tía preguntan temerosas: “¿Llegaron las medicinas?”. La respuesta es la misma desde hace 22 días, “No, a ver si esta semana”.

“No nos llegan”, “no tenemos”, “no sabemos”, “sabrá Dios si mandarán”, dicen los médicos cuando revisan el suero y la temperatura de la jovencita.

Ambos fármacos desaparecieron del inventario del IMSS desde que el Presidente Andrés Manuel López Obrador prohibió las compras a laboratorios que antes surtían a los hospitales federales.

Ahora, la mayoría de medicinas indispensables para tratamientos de cáncer sólo se consiguen en instituciones privadas y con distribuidores que las importan a espaldas de Cofepris. Los precios son elevados y varían según su procedencia y proveedor.

Por ejemplo, la idarrubicina aparece como agotada, pero un distribuidor de medicamentos importados dice que ronda en 7 mil 500 pesos, mientras que el dexrazoxane está en 5 mil 500.

El sueldo mensual de Angélica, afirma, no alcanzaría para comprar uno de los fármacos, pues le pagan entre 800 y mil 200 pesos semanales, según los cortes que realice.

Dos de sus cinco hijas, una de 20 y otra de 18 años, ya tienen hijos. Le sigue una joven de 15 años y las gemelas Maribel y Marisol. Hace años su esposo abandonó a la familia.

Maribel sonríe cuando le baja la temperatura. Tiene abundante cabello, siempre mojado por el baño constante. Escucha todo a su alrededor, muestra su hoja de ingreso al Seguro Social y su tarjeta de citas.

Le gusta platicar, quiere estudiar y está apuntada para tercer año de secundaria. “Soy zurda”, explica mientras escribe el nombre de la doctora Norma Erika Alatoma Medina. La conoce bien porque ella es quien le dice: “No hay medicinas”, “no llegan”, “a ver cuándo”.
Sufren falta de quimioterapias
Este año, los niños y adolescentes enfermos de cáncer, derechohabientes del IMSS en Guanajuato, no han recibido sus quimioterapias como las prescriben sus propios médicos.

El Seguro Social esconde la verdad. AM reiteradamente pregunta sobre los medicamentos oncológicos y la respuesta es un correo para enviar “la petición de información” a la oficina central de Comunicación Social. Jamás se tiene respuesta.

Desde enero de este año, los padres de familia nunca están seguros de que sus hijos reciban la quimioterapia. A las 8:30 horas, de lunes a viernes, esperan noticias a las puertas de la pequeña central de quimio, a esa hora saben si hay medicinas o no.

Un enfermero anuncia: “No llegó el metotrexato, tampoco L-asparaginasa ni citarabina, y menos bleomicina. A lo mejor mañana tenemos poquita vincristina”.

A otros papás les mienten para suspender el tratamiento: “Óscar viene deshidratado, Miguel Ángel no da el peso, regresen la próxima semana”, explica una mamá.

“Yo comparo que siempre pesa lo mismo y a veces le suspenden la quimio con el pretexto de que pesa menos, mentira porque sé que debe tener 45 kilos mínimo”, asegura.

Lo mismo ocurre en el piso seis del hospital, donde algunas familias reciben dosis de vincristina enviadas por una mamá que dedica parte de su tiempo a buscar donativos para ayudar a pequeños con cáncer.

La mujer sufrió la muerte de su hija luego de que el IMSS suspendiera las sesiones de quimioterapia, primero porque no había medicinas y luego por cumplir 17 años. Al pasar de los 16 perdió derecho a seguir su tratamiento en la clínica 48. La mandaron al consultorio de adultos, no hubo especialista y Paula falleció.

Tres de las seis mamás que cuidaban a sus hijos en esa sala expresan temor a que “la doctora Alatoma, el doctor Andrade o el licenciado Durán nos regañen y menos haya medicinas (…) Se enojan si decimos que no hay quimios aquí”, dice una de ellas.

Sus hijos fueron diagnosticados con leucemia y además les ha tocado sufrir falta de especialistas.

“El hematólogo salió de vacaciones y la doctora Toala está incapacitada”.

Las mamás requieren ayuda, pues la experiencia es la misma: “Entre familiares y vendiendo cosas pude comprar diez cajitas de metotrexato”, “mi hijo necesita la “L” y cuesta mucho”.

Con información de Grupo Reforma

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