21/01/2021

Narra enfermera muerte de compañera en Clínica del IMSS de Guadalajara

El 29 de octubre, Verónica se quebró. El estrés, la incertidumbre y la impotencia se apoderaron de ella cuando su amiga, aquella que luchó hombro a hombro con ella para combatir el Covid-19, pasó de ser enfermera a paciente.

Llegó al área de urgencias del Hospital 46 del IMSS en una silla de ruedas cuando Verónica Elizabeth Hernández García estaba de guardia. No lo podía creer.

Ese día, recordó, la sala estaba llena, no había un lugar disponible para que esa enfermera que lo dio todo, pudiera ser atendida como se merecía, por lo que permaneció un rato sentada, hasta que se desocupó una cama.

“Me decía ‘no me quiero morir, no me quiero morir’, pero qué puede decir uno, sólo veía que se estaba deteriorando y pues nada más verla y ver que poco a poco se iba cansando. Fue muchísima impotencia porque dices ‘cómo es posible, tuvo todas las precauciones’ es una cosa que se te sale de las manos ver que se va y ella no quiere y se aferra a ti. No puedes hacer nada, no había mucho qué hacer”, lamentó.

En estos nueve meses de pandemia, conoció el “rostro” del miedo reflejado en los ojos de los pacientes que ingresan al área Covid-19, y el de la desesperanza, personificada en el sudor del equipo médico cuando, pese a los esfuerzos, una persona muere porque no respondió al tratamiento.

“Es muy impactante. Vemos familias que les toca estar mamá e hijo y se muere el hijo o se muere la mamá, parejas que se murió el esposo, y estamos viendo eso, ven a su familiar que ya se fue es impresionante, se ve su cara de angustia porque prácticamente mueren solos, qué les puedes decir, sus familiares están afuera y ellos están ahí, solos”.

En momentos como ése, afirmó, sólo se acompaña al paciente, los escucha, los toca, pone su mano en el hombro para darles la fortaleza que necesitan.

“Ya cuando te dan una sonrisa es ganancia porque sabes que esto va a estar bien, tienen que estar bien”.

Verónica sabe que ella y sus compañeros son la esperanza de cada paciente que ingresa al hospital, depositan en ellos su fe y confianza para salir adelante, pero hay veces que no pueden hacer nada porque cuando arriban por atención médica su salud ya está deteriorada.

El problema, aseguró, es que son incrédulos e ignoran todas las recomendaciones de usar cubrebocas, mantener la distancia y quedarse en casa pensando en que “a ellos no les va a pasar”.

“Les digo ‘¿por qué no vino antes?’ y me dicen ‘no es que yo pensé que a mi no me iba a pasar’, los jóvenes que van al hospital ‘no, es que yo no iba a creer que no iba yo a tener esto’ es una negación completa, pensar que no les va a pasar, están viendo lo que está sucediendo y aún así no creen”.

Pero la lucha vale la pena cuando un paciente se recupera y deja el hospital. Su mirada no se olvida y es el reflejo de que hay esperanza.

“Hay gente que cuando salen después van y a pesar de que estamos todos cubiertos se acuerdan por la voz de la persona y te llevan un detalle, han llevado café y cuando nos ubican les preguntamos que cómo se dieron cuenta que era uno y nos dicen ‘la voz y tus ojos, no se me olvidan'”.

El personal médico no sólo tiene que lidiar con el estrés de una sala saturada, la impotencia de ver a un paciente morir o el dolor de tratar a sus propios compañeros, también se enfrentan a un gran miedo: contagiar a su familia.

“Hace uno tantos rituales para no llegar y contaminar. Antes de entrar está todo adaptado para desinfectar todo porque si les llegara a pasar algo me sentiría tan culpable porque fui yo la que lo traje (el virus)”.

Verónica sabe que lo peor está por venir. No siente coraje, pero sí tristeza que la gente baje la guardia, que no se cuide, que no use cubrebocas porque así, por más esfuerzo que ella y sus compañeros hagan, se verán rebasados y no podrán salvar vidas

Con información de Grupo Reforma

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