Documentos desclasificados del Archivo General de la Nación (AGN) han sacado a la luz una faceta poco conocida y profundamente compleja de las relaciones entre México y Estados Unidos durante los gobiernos priistas: la Dirección Federal de Seguridad (DFS), policía política del régimen, mantuvo una vigilancia encubierta sobre agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que operaban en territorio nacional. Esta revelación, que abarca las décadas de 1970 y 1980, expone la paradójica relación entre dos entidades que, por un lado, colaboraban estrechamente en estrategias de contrainsurgencia y combate al comunismo, pero, por otro, se espiaban mutuamente.
La CIA desempeñó un papel consultivo clave para la DFS, ofreciendo asesoramiento en tácticas para desarticular la oposición política y contener la influencia comunista, un objetivo compartido en el contexto de la Guerra Fría. Sin embargo, la confianza no era absoluta. Los reportes de la DFS, ahora accesibles, demuestran que mientras se beneficiaban del entrenamiento y la inteligencia estadounidense, los espías mexicanos no cesaron de seguir los pasos de sus homólogos de la CIA, recopilando información detallada sobre sus actividades, asentamientos y presuntos colaboradores locales.
Las Redes de la CIA Bajo la Lupa Mexicana
Entre los hallazgos más destacados se encuentran las fichas que detallan una presunta “finca” utilizada por la CIA para el adiestramiento de sus “Juniors” –agentes en formación– en enero de 1975, aunque su ubicación exacta sigue siendo un misterio. Aún más revelador es el informe de octubre de 1974 que identifica una oficina en Dr. Lucio 103, Edificio Orión, en la Colonia Doctores, como una “red de espionaje al servicio de la Agencia Central de Inteligencia”. En este entramado, la DFS logró identificar a figuras clave como el C.P. Mateo Campos Rodríguez, jefe de “Servicios de Seguridad y Vigilancia”, y al Sr. Bojorquez como su sub-jefe, ambos vinculados directamente a operaciones de la CIA. Incluso se identificó a Heriberto Conrado Myli como el supuesto superior de ambos.
La meticulosidad de la vigilancia mexicana se extiende a otros nombres y conexiones. Figuras como William Coley, George Frederick Munro Schmeeckle –un exdipomático estadounidense– y Edward Gondola, jefe de un grupo germano-polaco “ZGODA”, aparecen en los registros como supuestos agentes de la CIA. La DFS también documentó la actividad de colaboradores, como Elizabeth del Valle, quien trabajaba en las “Oficinas de Investigadores Americanos”, señalada como otra fachada de la CIA, e incluso se hizo notar que su padre también estaba involucrado. Estos reportes no solo evidencian la capacidad de inteligencia mexicana para penetrar las operaciones de una agencia tan hermética, sino también la constante sospecha que prevalecía entre los ‘aliados’ durante un periodo de alta tensión geopolítica.
Estas revelaciones, originalmente dadas a conocer por la revista Proceso, pintan un retrato fascinante y complejo de la soberanía nacional y las intrigas internacionales en un momento crucial de la historia mexicana. La relación ambivalente entre la DFS y la CIA subraya que, incluso en la colaboración más estratégica, los intereses nacionales de cada país dictaban un juego de ajedrez donde la vigilancia mutua era una herramienta esencial. La desclasificación de estos documentos no solo enriquece nuestra comprensión del pasado, sino que también resalta la importancia de la transparencia y la memoria histórica para entender las dinámicas de poder que moldearon el México contemporáneo.
Con información de: Nacional – Proceso.

