En una operación envuelta en el más estricto secreto y llevada a cabo bajo el manto de la noche, un convoy militar venezolano emprendió un discreto viaje de 160 kilómetros, partiendo de la sede del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) en las afueras de Caracas, con destino al puerto de Puerto Cabello, en el estado Carabobo. La carga de este misterioso transporte era de una trascendental importancia geopolítica: unos 13 kilogramos de uranio altamente enriquecido (HEU), cuyo destino final era Estados Unidos. La sigilosa maniobra, que mantuvo a la población en la ignorancia, revelaría días después la complejidad y los delicados intereses internacionales que en ella convergían.
Esta extraordinaria operación de extracción no fue un evento improvisado, sino la culminación de años de meticulosa planificación y cooperación entre los gobiernos de Venezuela, Estados Unidos y Reino Unido, con la supervisión crucial del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). El 8 de mayo, el OIEA emitió una declaración confirmando la misión, calificándola como ‘cuidadosamente planificada y ejecutada bajo estrictas medidas de seguridad’, dadas las inherentes preocupaciones de proliferación que este tipo de material nuclear representa si cae en manos equivocadas. El uranio altamente enriquecido, definido como aquel que supera el 20% de enriquecimiento, es un material con un doble filo.
La relevancia de estos 13 kilogramos de HEU radica en su potencial de doble uso. Como explicó Jack Crawford, investigador del Instituto Real de Servicios Unidos (RUSI), si bien el uranio enriquecido se emplea pacíficamente en reactores para investigación o propulsión submarina, también posee la capacidad de ser refinado para producir material fisionable e incluso armamento nuclear. Crawford señaló a BBC Verify que, teóricamente, esta cantidad de uranio podría ser suficiente para una pequeña arma nuclear, aunque el material venezolano contenía poco más del 20% de uranio-235, mientras que el grado armamentístico suele comenzar a partir del 90%. Su retirada marca un esfuerzo internacional vital para ‘eliminar de manera proactiva la posibilidad de que uranio altamente enriquecido destinado a usos pacíficos pueda ser adquirido por actores no estatales o gobiernos que busquen desarrollar armas nucleares’, un paso crucial para la seguridad global.
Un Legado de la Guerra Fría: El Programa ‘Átomos para la Paz’
Pero, ¿cómo llegó Venezuela a poseer un material tan delicado? Los 13 kilogramos de HEU eran el legado del RV-1, el primer reactor nuclear de América Latina, instalado en el IVIC a principios de la década de 1960. Este proyecto se enmarcó en la iniciativa estadounidense ‘Átomos para la Paz’, lanzada por el presidente Dwight D. Eisenhower en los años 50. Ante la Asamblea General de la ONU en 1953, Eisenhower propuso despojar a la tecnología nuclear de su ‘revestimiento militar’ y ponerla al servicio de la humanidad, promoviendo la creación de una agencia internacional para tales fines. Así, el reactor venezolano fue concebido con propósitos científicos y pacíficos, una reliquia de una era donde se buscaba equilibrar el formidable poder atómico con sus aplicaciones benéficas.
A pesar de sus orígenes pacíficos, la presencia de uranio altamente enriquecido en Venezuela ha sido, durante años, una fuente de inquietud para Estados Unidos y el OIEA, especialmente dadas las complejas relaciones del gobierno venezolano con naciones como Irán, Rusia, Cuba y Corea del Norte. La exitosa operación de repatriación de este HEU no solo elimina un riesgo potencial de proliferación en una región geopolíticamente sensible, sino que también subraya la importancia de la cooperación internacional en la salvaguarda de materiales nucleares. Este episodio, que comenzó con un reactor para la paz, concluye con un acto de seguridad que refuerza la no proliferación y asegura que la herencia atómica de la Guerra Fría permanezca bajo un control estricto y responsable.
Con información de: BBC Mundo.

