La reciente tragedia que enlutó la arena política colombiana, con el atentado y posterior fallecimiento del prometedor precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, desató un escalofrío de familiaridad en la sociedad. Un “déjà vu” macabro que transportó a muchos colombianos a las décadas más oscuras de su historia, los años 80 y 90, cuando los magnicidios, las bombas y los secuestros no eran incidentes aislados, sino el crudo telón de fondo de la vida diaria. Este lamentable suceso, atribuido a la disidencia de las FARC, la Segunda Marquetalia, no solo resonó como un eco del pasado, sino que ha establecido un tono sombrío y definitorio para las elecciones que se avecinan, demostrando que Colombia, a pesar de sus esfuerzos por pasar página, sigue atrapada en la maraña de una violencia en constante metamorfosis.
La narrativa oficialista post-acuerdo de paz de 2016, que firmó el Estado con las FARC, apuntaba a una era de superación de los conflictos armados tradicionales y al inicio de un debate centrado en cuestiones sociales como las pensiones, la desigualdad y el medio ambiente. La llegada al poder del exguerrillero Gustavo Petro en 2022, el primer presidente de izquierda en dos siglos, parecía sellar esta transición. Sin embargo, su ambiciosa estrategia de “Paz Total”, destinada a negociar con una miríada de grupos armados remanentes –narcotraficantes, extorsionistas, disidencias de guerrillas y paramilitares–, ha revelado una realidad mucho más compleja y caótica. La violencia en Colombia no cesó; se fragmentó, se desordenó, adquiriendo características que algunos analistas han comparado con el complejo panorama de la criminalidad organizada en México, donde múltiples actores no estatales disputan territorios y control, impactando directamente la gobernabilidad y la política.
El Miedo como Eje de la Contienda Electoral
En este intrincado escenario, el miedo ha resurgido como el principal catalizador del debate público y la intención de voto. La inseguridad, según las encuestas más recientes, ha escalado de nuevo a la cima de las preocupaciones ciudadanas, relegando a un segundo plano las discusiones programáticas. La campaña electoral se ha transformado en una vorágine de señalamientos mutuos y advertencias sobre los peligros latentes que cada contendiente supuestamente encarna. No es casualidad que todos los candidatos con opciones reales de alcanzar la segunda vuelta hayan denunciado amenazas contra su integridad. Asimismo, la Defensoría del Pueblo ha emitido alarmas sobre el “proselitismo armado” de grupos ilegales que buscan coaccionar el voto en comunidades vulnerables, limitando la libre expresión democrática.
Los perfiles de los principales aspirantes a la presidencia reflejan esta profunda polarización y la dificultad de la nación para despojarse de los fantasmas de su pasado violento. Iván Cepeda, figura del oficialismo y artífice de la “Paz Total”, representa una visión de reconciliación y reivindicación de las víctimas, un camino forjado por su propia historia familiar. Sin embargo, para sus detractores, su propuesta es vista como una peligrosa concesión a la criminalidad. En el otro extremo se sitúa Paloma Valencia, heredera de una clase política tradicional y abanderada de la mano dura, percibida por unos como la promesa de retorno al orden y por otros como la perpetuación de un sistema que ha polarizado y profundizado las heridas del país. La paradoja es evidente: a pesar de la disminución de las grandes cifras de homicidios y la desaparición de un conflicto armado que amenazaba directamente la democracia, la violencia –ahora fragmentada y multifacética– sigue siendo el filtro a través del cual los colombianos interpretan su política y eligen su futuro.
Colombia, a las puertas de una nueva elección presidencial, se resiste a pasar completamente la página de la violencia. La transformación del conflicto, lejos de erradicarlo, lo ha vuelto más difuso y, en ciertos aspectos, más insidioso. El “escenario mexicanizado” de grupos fragmentados y la constante amenaza en la política demuestran que, más allá de los acuerdos de paz y las promesas de un nuevo rumbo, el desafío de construir una paz duradera y una democracia verdaderamente libre de coerción sigue siendo la tarea inconclusa y más apremiante de la nación.
Con información de: BBC Mundo.

