La magnitud de la catástrofe que azotó Venezuela el pasado 24 de junio, con dos potentes terremotos, centró rápidamente la atención mundial en el estado La Guaira. Este territorio costero, vecino de Caracas, se convirtió en el epicentro de la tragedia, con decenas de edificios colapsados, casi 2.000 fallecidos, más de 10.000 heridos y miles de damnificados y desaparecidos. Sin embargo, en medio de la desgarradora escena guaireña, otras regiones del país también sufrieron graves consecuencias, y sus habitantes claman, días después, por una atención que perciben como ausente y desigual, eclipsados por la devastación principal.
Uno de estos focos de frustración se ubica en El Junquito, una pintoresca región montañosa que linda con La Guaira y es un escape popular para los caraqueños. Aunque lejos de la magnitud de La Guaira, los sismos causaron estragos significativos en su parte comercial, destruyendo restaurantes famosos por su gastronomía local, así como numerosas viviendas y escuelas. Los reportes iniciales de la prensa local sitúan el balance de víctimas mortales en aproximadamente media docena. Los vecinos de El Junquito, como Enrique Sierra, expresaron a BBC Mundo el sentir de abandono: “Como siempre, nos han tratado como el patio trasero de Caracas”, lamentó. La comunidad, desde el primer momento, se autoorganizó para socorrer a los atrapados, moviendo escombros sin esperar ayuda oficial, la cual, según “Efecto Cocuyo”, tardó cinco horas en llegar.
El Abandono Percibido: El Clamor de la Comunidad
La asistencia gubernamental post-sismo ha sido el punto central de la crítica de los residentes de El Junquito. Enrique Sierra y Óscar Andara, ambos vecinos afectados, coinciden en la “ausencia” de las autoridades nacionales y locales. Si bien la comunidad ha logrado organizar refugios, comida y vestido para los damnificados, la necesidad de labores de limpieza a gran escala y, crucialmente, la evaluación de infraestructuras para determinar cuáles son seguras y cuáles deben ser demolidas, sigue siendo una demanda desatendida. “La asistencia del gobierno nacional y local ha brillado por su ausencia, a pesar de que se cayeron muchas casas y muchas más están seriamente dañadas”, afirmó Andara, explicando cómo esto ha forzado a decenas a reubicarse o buscar refugio improvisado. Sierra, por su parte, contrastó la falta de ayuda en El Junquito con la que sí se vio en algunas zonas residenciales de Caracas, a pesar de que la magnitud de la tragedia en La Guaira exigía, comprensiblemente, una concentración de esfuerzos allí.
Ante estas denuncias, la respuesta oficial no se hizo esperar. El ministro del Interior, Diosdado Cabello, utilizó sus plataformas en redes sociales para desmentir lo que calificó de “fake news”, publicando un video donde supuestos vecinos de El Junquito atestiguaban la presencia de la Policía Nacional, Protección Civil, bomberos y la Guardia Nacional brindando asistencia. Sin embargo, Sierra y Andara refutaron esta versión. Según su testimonio, la presencia de uniformados, lejos de ser una ayuda efectiva para las labores de reconstrucción o evaluación, se ha enfocado en otras tareas, sin abordar las necesidades estructurales y de saneamiento que la comunidad desesperadamente requiere. Este contraste entre la narrativa oficial y la vivencia en el terreno subraya la profunda brecha en la percepción de la respuesta a la crisis.
La tragedia de los terremotos en Venezuela expone, más allá de la devastación sísmica, las complejidades de la gestión de desastres en un país ya vulnerable. El clamor de El Junquito resuena como un recordatorio de que la atención mediática y los recursos no siempre alcanzan a todos los rincones golpeados. El sentimiento de “no ser nada” o de ser “el patio trasero” en momentos de crisis es un eco doloroso que exige una reflexión profunda sobre la equidad en la distribución de la ayuda y la necesidad de una estrategia integral que garantice que ningún afectado sea olvidado, sin importar cuán prominente sea la tragedia en otros lugares.
Con información de: BBC Mundo.

