La relación entre la ultraderecha europea y Donald Trump ha experimentado un giro radical, transformándose de una alianza estratégica en una incómoda distancia. Tras los severos reveses sufridos por los republicanos en las recientes elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, el expresidente ha pasado de ser un activo político envidiable a un lastre evidente para sus antiguos aliados al otro lado del Atlántico. Su menguante influencia, sumada a los fracasos electorales en bastiones conservadores y sus constantes críticas hacia los países europeos, ha obligado a una reevaluación por parte de formaciones que antes lo veían como un referente.
Expertos como Jeremy Cliffe, del think tank ECFR, señalan que si bien siempre existió una diversidad de posturas entre los partidos de extrema derecha europeos, el distanciamiento se acentuó drásticamente con eventos clave durante el segundo mandato de Trump. Las disputas por aranceles, las amenazas contra Groenlandia y, sobre todo, la controvertida guerra contra Irán y el consecuente aumento del coste energético, generaron fricciones irresolubles. Para partidos que abogan por la soberanía y la reducción del coste de vida, estas políticas de Trump chocaron directamente con sus propios principios, enfriando de forma definitiva la relación con el movimiento MAGA.
En Italia, donde la ultraderecha ostenta el poder, el cambio de postura es especialmente notorio. La primera ministra Giorgia Meloni y sus aliados, antes cercanos a Trump, ahora marcan una clara frontera. Figuras como el vicepresidente Antonio Tajani han afirmado públicamente que
Con información de El País.

