La alarma resuena con una crudeza inusual en la comunidad científica: “El planeta en el que nosotros nacimos ya no existe”. Esta contundente afirmación proviene del climatólogo ecuatoriano Raúl Cordero, una figura respetada con una vasta experiencia en investigación antártica y actualmente profesor en la Universidad de Groningen, Países Bajos. Sus palabras, recogidas por Antena Noticias, pintan un panorama desolador: hemos transformado irreversiblemente la atmósfera terrestre y con ella, el clima que conocimos. Cordero no duda en señalar que nos enfrentamos a una “epidemia de eventos extremos” –desde incendios devastadores hasta olas de calor e inundaciones sin precedentes– que se manifiestan con una intensidad y frecuencia alarmantes en todo el mundo.
La base de esta transformación radical se asienta en un cambio drástico en la composición atmosférica. La concentración de CO2, principal gas de efecto invernadero, es hoy un 50% superior a la de hace poco más de un siglo. Esta alteración profunda es la responsable directa de que los 11 años entre 2015 y 2025 sean los más cálidos jamás registrados, según un informe reciente de la Organización Meteorológica Mundial. El calentamiento global no es uniforme; el hemisferio norte, por ejemplo, se calienta casi al doble de rápido que el sur, creando desafíos únicos y exacerbando la vulnerabilidad de diversas regiones ante fenómenos climáticos cada vez más impredecibles.
El Inevitable Legado y la Urgencia de la Acción
Cordero subraya una verdad incómoda: el CO2 emitido hoy permanecerá en la atmósfera por al menos un siglo. Esto significa que los efectos del cambio climático que presenciamos y los que están por venir no solo son resultado de nuestras acciones, sino también de las generaciones pasadas, y continuarán impactando a las futuras mucho después de que los actuales emisores ya no estén. “No vamos a recuperarlos, al menos en ningún futuro predecible”, advierte el experto, refiriéndose a un horizonte temporal que excede la vida humana. Este “problema intrageneracional” nos obliga a repensar nuestra responsabilidad y el impacto duradero de cada decisión.
La consecuencia más visible de este legado son los eventos extremos. Lo que antes eran anomalías, ahora son la norma, con incendios que “generan su propio clima” o sequías y lluvias torrenciales que rompen récords constantemente. Si bien la atribución directa de un evento específico al cambio climático puede ser compleja, la tendencia general es innegable: su frecuencia e intensidad están en alza. La combinación del calentamiento global con fenómenos naturales como El Niño augura un futuro con escenarios aún más complejos y desafiantes para la resiliencia de las comunidades y los ecosistemas.
A pesar de este sombrío panorama, el climatólogo ecuatoriano mantiene una postura de optimismo cauto, una esperanza arraigada en la convicción de que “todavía podemos perder más”. Esta afirmación no invita a la complacencia, sino a la acción decisiva. La reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero es la única vía para mitigar los peores escenarios y evitar un deterioro aún mayor. Aunque los beneficios plenos de estas acciones no se sentirán de inmediato debido a la larga vida del CO2 en la atmósfera, cada esfuerzo cuenta para forjar un futuro menos precario. La ciencia ha hablado; ahora la responsabilidad recae en la sociedad global para responder a esta urgencia climática con la contundencia que demanda el destino de nuestro hogar.
Con información de: BBC Mundo.

