La reciente crisis migratoria en el enclave español de Ceuta ha puesto de manifiesto la inquebrantable y estratégica alianza entre Estados Unidos y Marruecos, una relación que data de hace más de dos siglos. La postura de Washington ante la avalancha humana que desbordó la frontera con España, culpando a las políticas migratorias de Madrid y a las “políticas globalistas de extrema izquierda”, ha sorprendido a pocos analistas, pero ha generado una notable inquietud en la Unión Europea y en España, un socio clave de la OTAN. Este respaldo incondicional se ha visto reforzado por gestos simbólicos de alto nivel, como el reciente renombre de una autopista en el Sahara Occidental en honor al expresidente Donald J. Trump, un claro agradecimiento por su apoyo a la soberanía marroquí sobre este territorio en disputa.
La Administración estadounidense, lejos de cuestionar a Rabat por el origen de la marea humana, calificó el suceso como una “catástrofe” y una “invasión”, alineándose plenamente con la narrativa marroquí. Esta reacción subraya la profundidad de un vínculo que va más allá de la diplomacia habitual. Marruecos, aunque no forma parte de la Alianza Atlántica, es considerado uno de los socios militares y de inteligencia más importantes de Estados Unidos en el Norte de África, una región de vital importancia estratégica. Esta cercanía, cimentada en intereses compartidos, ha demostrado ser un factor determinante en la configuración de la geopolítica regional, con implicaciones directas en la gestión de crisis como la de Ceuta.
Raíces Profundas: El Tratado Centenario que Marcó el Destino
Para comprender la solidez de esta alianza, es imprescindible remontarse a sus orígenes. Pocos saben que la relación entre Marruecos y Estados Unidos es la más antigua de la diplomacia estadounidense. Apenas un año y medio después de que Estados Unidos declarara su independencia del Imperio británico en 1776, el sultán marroquí Mohamed III autorizó a los barcos de la joven nación a entrar libremente en sus puertos. Un gesto que Rabat considera el primer reconocimiento internacional de Estados Unidos. Sin embargo, el hito fundamental fue la firma del Tratado de Paz y Amistad en Marrakech, el 23 de junio de 1786. Este acuerdo no fue un mero formalismo: para una joven república sin la protección de la Marina británica, significó la salvaguarda de sus buques de los corsarios que asolaban el Mediterráneo, garantizando la navegación pacífica y abriendo cruciales oportunidades comerciales, a la vez que reforzaba su legitimidad internacional.
La ubicación estratégica de Marruecos, como puerta de entrada al Mediterráneo y puente entre Europa, África y el mundo islámico, ha sido históricamente un activo invaluable para Estados Unidos en su búsqueda de reconocimiento y comercio global. Este tratado, renegociado en 1836, es el acuerdo vigente más antiguo en la historia de Estados Unidos, un testimonio de su perdurable relevancia. Aunque la continuidad del tratado no siempre implicó una cercanía constante, especialmente durante el periodo en que Marruecos fue dividido en protectorados francés y español, la raíz de la relación se mantuvo latente, resurgiendo con fuerza en momentos clave de la historia contemporánea.
Hoy, esta alianza histórica no solo se traduce en cooperación militar y de inteligencia, sino que también influye decisivamente en eventos como la crisis migratoria de Ceuta y el conflicto del Sahara Occidental. La defensa de los intereses mutuos entre Washington y Rabat sigue marcando la pauta en la dinámica regional, consolidando a Marruecos como un pilar fundamental de la política exterior estadounidense en África y el Mediterráneo, y proyectando una influencia que, como hemos visto, puede alterar drásticamente el equilibrio de poder y las respuestas ante desafíos globales. La historia demuestra que su vínculo es mucho más que una conveniencia momentánea; es una constante estratégica.
Con información de: BBC Mundo.

