El telón de un capítulo sin precedentes se cierra en la política colombiana con la salida de Gustavo Petro de la Casa de Nariño. Su mandato, el primero de izquierda en la historia moderna del país desde 2022, deja un rastro imborrable de polarización y transformaciones que resuenan profundamente en la sociedad. Mientras detractores y aquellos desilusionados celebran el fin de un gobierno descrito a menudo como caótico y confrontativo, sus simpatizantes lo añorarán como el líder que defendió y dio voz a grupos históricamente relegados: desde campesinos sin tierra hasta comunidades indígenas, afrocolombianas y víctimas del conflicto armado. La reciente contienda electoral, que dividió al país casi por la mitad entre el presidente entrante Abelardo de la Espriella y el sucesor ideológico de Petro, Iván Cepeda, no fue sino un plebiscito sobre su gestión, reafirmando una nación profundamente dividida.
La impronta de Petro trasciende las cifras y los debates. Su presidencia se caracterizó por una apuesta decidida por la ampliación del rol estatal en la economía y una mano tendida hacia los grupos armados en búsqueda de una paz anhelada, marcando un claro contraste con la “mano dura” y la reducción estatal promovida por el expresidente Álvaro Uribe. Esta dicotomía ideológica no solo polarizó, sino que también solidificó dos corrientes políticas personalistas y hegemónicas en el siglo XXI colombiano: el uribismo y el petrismo. Ambos líderes, a pesar de sus antípodas ideológicas, compartieron un estilo de liderazgo que trascendió sus partidos, forjando identidades políticas que hoy definen el panorama nacional.
La Comunicación Directa que Conmocionó
Si algo distinguió la era Petro fue su dominio y manejo de la comunicación en la era digital. En un fenómeno analizado por expertos como Javier Mejía de la Universidad de Stanford, Petro “maximizó la atención como un tuitero o youtuber”, convirtiéndose en el “líder del momento actual de la economía de la atención”. La red social X (antes Twitter) se transformó en su megáfono personal, un canal híperdirecto para exhortar a sus seguidores, criticar a la oposición, destacar logros y, de manera crucial, marcar la agenda pública. Esta estrategia, aunque efectiva para movilizar, también generó consecuencias inimaginables, como la crisis diplomática de 2025 con Estados Unidos, provocada por un solo tuit que desautorizaba el ingreso de un avión con deportados, sumiendo a Colombia en horas de incertidumbre y tensión internacional.
Más allá de las redes, la gestión de Petro se vio envuelta en una constante “batalla de legitimidad”, según el politólogo Yann Basset de la Universidad del Rosario. Su estilo confrontativo y su discurso de “representar al pueblo contra adversarios supuestamente ilegítimos” provocaron oposiciones y resistencias férreas, tensando significativamente la relación entre el ejecutivo y el Congreso. Esta crispación política se convirtió en una constante, configurando un escenario donde el debate y la confrontación ideológica alcanzaron niveles pocas veces vistos, lo que algunos interpretan como una deriva hacia el populismo, buscando siempre el apoyo directo de las bases frente a las instituciones.
Gustavo Petro se despide de la presidencia dejando una nación dividida pero, sin duda, transformada. Su legado no es solo el de un gobierno de izquierda, sino el de un estadista que redefinió la interacción política en la era digital y que puso en el centro del debate a aquellos que históricamente habían estado en los márgenes. Su rol tras dejar el poder será el de un actor político clave, cuyo “petrismo” se consolida como una fuerza de oposición influyente y un referente ideológico que seguirá marcando la pauta, demostrando que su influencia va mucho más allá de las fronteras de su propio mandato. Colombia se enfrenta ahora al reto de integrar las profundas huellas de su presidencia en el tejido social y político del futuro.
Con información de: BBC Mundo.

